Llevar al escenario una novela que marcó a varias generaciones no es sencillo. Mucho menos convertir en musical una historia atravesada por el VIH, los prejuicios, el miedo, la discriminación y los silencios familiares. Sin embargo, Los ojos del perro siberiano encuentra en el teatro y en la música una nueva manera de contar esta historia sin perder su sensibilidad ni la fuerza de su mensaje.
El reconocido bestseller de Antonio Santa Ana llega por primera vez al teatro en una adaptación de Nico Sorrivas y Martín Palladino, con dirección general de Nico Sorrivas y Ceci Miserere, y se presenta en el Teatro Politeama.
La historia nos lleva a comienzos de los años 90. Un joven regresa a los recuerdos de su infancia para intentar reconstruir el vínculo con su hermano mayor, Ezequiel, quien fue apartado de su familia después de ser diagnosticado con VIH. Son años en los que la enfermedad estaba rodeada de miedo, desconocimiento y enormes prejuicios. Y la obra se mete justamente allí: en aquello que una familia no puede —o no quiere— decir.
A través de los recuerdos vamos descubriendo a esos dos hermanos, sus diferencias, sus encuentros y el dolor provocado por una decisión familiar que deja heridas profundas. En medio de ellos aparece Sacha, el perro siberiano de Ezequiel, cuya mirada funciona como una presencia fundamental. Porque tal vez los ojos de Sacha pueden mirar sin juzgar aquello que los seres humanos observan cargados de prejuicios.
Ese concepto atraviesa toda la puesta y deja flotando una pregunta tan sencilla como potente: ¿cómo miramos cuando miramos?
El elenco logra sostener una historia que necesita mucha verdad. Alan Madanes interpreta al narrador, hijo menor ya adulto (solido), mientras Dante Barbera encarna al narrador durante su infancia (encantador) y Felipe Bou Abdo da vida a Ezequiel. Los acompañan Fabio Di Tomaso como el padre, Maqui Figueroa como la madre y Adriana Rolla como la abuela, junto a un sólido ensamble.
Las letras y la música original de Juan Pablo Schapira, también responsable de la dirección musical y vocal, acompañan con sensibilidad los diferentes momentos de la historia. Y tener a los músicos tocando en vivo le aporta una energía especial y una emoción todavía mayor. La banda está integrada por Schapira en piano, María Paz Boffi en bajo, Lucas Bergman en guitarra, Daniel Gilardi en batería y Juani Uzurru en violonchelo.
Las actuaciones consiguen que el espectador se involucre con ese universo familiar y comprenda que detrás de lo que no se dice también puede haber muchísimo dolor. Hay momentos conmovedores, pero la obra evita convertir el relato únicamente en tristeza. También aparecen el amor entre hermanos, los recuerdos, la ternura y la posibilidad de mirar al otro desde un lugar diferente.
La dirección de Nico Sorrivas y Ceci Miserere encuentra un equilibrio acertado entre actuación, canciones, movimiento y emoción. La puesta suma la escenografía de Micaela Sleigh, el diseño de iluminación de David Seldes, el vestuario de Analía Morales y Alejandra Farley, los títeres diseñados y realizados por Farley son espectaculares y la dirección coreográfica de Diego Bros.
Pero lo más importante de Los ojos del perro siberiano está en lo que deja después de la función.
Porque aunque la historia transcurra en los años 90 y retrate una época especialmente marcada por la desinformación alrededor del VIH, su mensaje sigue interpelando: habla de prejuicios, discriminación, vínculos familiares, aceptación y de cuánto daño puede provocar aquello que elegimos callar.
Es un musical que emociona, pero sobre todo invita a reflexionar. Sobre cómo tratamos a quien consideramos diferente, sobre las palabras que no pronunciamos a tiempo y sobre nuestra capacidad de mirar al otro sin juzgar.
Quizás por eso Sacha sea mucho más que el perro que acompaña a Ezequiel. Sus ojos representan esa mirada limpia que los seres humanos tantas veces perdemos.
Los ojos del perro siberiano demuestra que el teatro musical también puede abordar temas difíciles con profundidad, sensibilidad y belleza.
Vale la pena verla, emocionarse y, especialmente, salir del teatro pensando un poco distinto a como entramos.
Los ojos del perro siberiano se presenta los martes a las 20 en el Teatro Politeama, Paraná 353, con una duración aproximada de 90 minutos.









