AMANECE DE NOCHE

“Amanece de noche” se mete de lleno en el territorio de los vínculos familiares: los amores, los secretos, los reproches, las culpas y todo aquello que durante años permanece guardado hasta que llega el momento en que ya no se puede seguir callando.

Escrita por Mechi Bove y dirigida por Pedro Velázquez, la obra reúne a cuatro hermanas en la casa familiar para tomar una decisión que tiene que ver con el futuro de su padre, quien atraviesa un deterioro cognitivo luego de un accidente. Pero la llegada inesperada de una media hermana modifica por completo ese encuentro y hace que aparezcan viejas heridas que estaban lejos de cicatrizar.

Y ahí está uno de los grandes aciertos del texto de Bove: no se queda solamente en la enfermedad del padre. La situación funciona como disparador para hablar de algo mucho más amplio: qué hacemos con nuestros padres cuando los roles empiezan a invertirse, qué lugar ocupa cada hijo dentro de una familia y cuánto de aquello que somos está determinado por la historia que compartimos.

Hay algo muy verdadero en esas cuatro hermanas. Son diferentes, tienen sus propias personalidades, sus problemas y sus maneras de enfrentarse a la vida, pero comparten códigos, recuerdos y heridas. Se quieren, se pelean, se necesitan y también se juzgan. Esa mezcla de amor y resentimiento está muy bien trabajada y permite que el espectador encuentre seguramente algún eco de su propia familia.

Mechi Bove, además de ser la autora, integra el elenco junto a Sheila Saslavsky, Sonia Alemán, Julieta Presutto y Rolo Sosiuk. El trabajo actoral es uno de los puntos fuertes de la puesta: cada personaje tiene su identidad y las diferencias entre ellos enriquecen los enfrentamientos y también los momentos de mayor ternura.

Dentro de un elenco muy parejo, Sonia Alemán se destaca especialmente. Su personaje tiene características que podrían llevar fácilmente a la exageración, pero Alemán encuentra una medida muy precisa y construye una mujer llena de matices. Hay mucho detrás de sus gestos, sus silencios y sus reacciones, y eso hace que su interpretación resulte especialmente conmovedora. También Rolo Sosiuk aporta una presencia muy particular como ese padre alrededor del cual gira buena parte del conflicto.

La dirección de Pedro Velázquez acompaña el texto sin subrayarlo innecesariamente. Hay espacio para el drama, pero también para el humor, algo fundamental para que la obra no se convierta en un relato excesivamente solemne. Las risas aparecen justamente en medio de situaciones dolorosas y hacen que los personajes se sientan todavía más cercanos.

Otro gran acierto es la escenografía de Pablo Calmet. El patio de esa casa familiar, con la hamaca, la vieja calesita, la bomba de agua y otros objetos cotidianos, tiene algo de fotografía de la infancia. Es un espacio que parece guardar los recuerdos de quienes alguna vez fueron niños allí y que ahora regresan convertidos en adultos, cargados de problemas y decisiones.

Y la música de Jorge Soldera suma una sensibilidad especial. Hay momentos musicales que funcionan casi como un refugio dentro de tanta tensión familiar. Una escena en particular, en la que las hermanas comienzan a cantar juntas, tiene una enorme capacidad de emocionar porque consigue mostrar, en pocos minutos, ese vínculo que las une a pesar de todas sus diferencias.

“Amanece de noche” habla también del perdón. De la posibilidad de revisar aquello que nos dolió para intentar construir un vínculo diferente. No plantea soluciones mágicas ni pretende decir que las heridas familiares desaparecen de un día para el otro. Más bien propone algo mucho más humano: quizás podamos empezar a mirarnos de otra manera.

El título tiene además una hermosa dimensión simbólica. Durante esa noche, los personajes sacan a la luz aquello que permanecía oculto. Y cuando finalmente llega el amanecer, queda abierta la posibilidad de que algo pueda empezar nuevamente.

Una obra sensible, cercana y honesta, que encuentra en los vínculos familiares un territorio dramático potente, pero también lleno de humor y ternura. De esas propuestas que pueden hacer reír en una escena y, unos minutos después, dejar al espectador en silencio pensando en su propia historia.

“Amanece de noche” se presenta en el Teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3380, CABA, los domingos a las 17.30. Tiene una duración aproximada de 70 minutos.

CARRERA DE FONDO

¿Qué queda de una pareja cuando el amor ya no alcanza para sostenerla? Esa pregunta atraviesa de principio a fin a “Carrera de fondo”, una obra que se mete con una de las experiencias más dolorosas y, a la vez, más reconocibles de la vida adulta: una separación cuando todavía hay hijos, recuerdos, proyectos compartidos y una historia que no desaparece simplemente porque la relación terminó.

Basada en el libro de Nadine Lifschitz, la adaptación teatral tiene dramaturgia y dirección de Mariana Chaud, quien tomó la narración original —centrada en la mirada de ella— y decidió darle también voz al personaje masculino. El resultado es una especie de radiografía de una pareja que se enamoró, tuvo hijos y construyó una vida juntos hasta que una noche él propone abrir la relación. A partir de allí comienza el derrumbe.

Y si hay alguien que se adueña de esta historia es Julieta Zylberberg. Su trabajo es extraordinario. Su personaje atraviesa un verdadero terremoto emocional: es madre, mujer, amante, esposa, abandonada y, al mismo tiempo, alguien que intenta entender qué pasó con ese amor que alguna vez parecía indestructible.

Zylberberg tiene una capacidad enorme para pasar de la vulnerabilidad al humor, de la bronca a la sensualidad y de la desesperación a una cierta lucidez. Lo hace además con una enorme exigencia física: su personaje no solamente habla y recuerda, sino que vive la separación con todo el cuerpo.

A su lado, Gadiel Sztryk construye al hombre que también atraviesa su propia crisis. La obra no intenta establecer un culpable absoluto, sino mostrar las distintas maneras en que dos personas pueden dejar de encontrarse aun cuando alguna vez se amaron profundamente. Esa decisión de darle voz a él resulta fundamental para que el conflicto no quede contado desde una sola perspectiva.

El texto tiene humor, ironía y momentos de enorme crudeza. Las discusiones de pareja, esas conversaciones que parecen no terminar nunca y en las que se mezclan reproches, recuerdos y preguntas sin respuesta, adquieren una dinámica muy teatral.

“Carrera de fondo” se presenta en el Teatro Picadero, Pasaje Santos Discépolo 1857, CABA, con funciones los jueves a las 20 y los viernes a las 22. Tiene una duración aproximada de 65 minutos .

Una obra para quienes alguna vez amaron, para quienes alguna vez se separaron y, especialmente, para quienes descubrieron que terminar una relación no significa necesariamente terminar con todo lo vivido.

CIEN AÑOS DE SOLEDAD TEMPORADA FINAL

Muchos años no se animaron a hacerla y finalmente paso… Cien años de soledad es la novela que durante décadas pareció pertenecer exclusivamente al territorio de la imaginación de Gabriel García Márquez pero Netflix se animó al desafío y, después de dos partes y un capítulo final concebido casi como un largometraje, consigue cerrar el círculo de los Buendía con una producción monumental, profundamente colombiana y, sobre todo, respetuosa del espíritu de la obra original.

La segunda parte de Cien años de soledad, estrenada el 5 de agosto, cambia definitivamente el clima de Macondo. Si la primera entrega estaba atravesada por el nacimiento de un mundo, sus descubrimientos y sus guerras, estos nuevos episodios muestran las consecuencias del paso del tiempo: el progreso, la llegada del tren, la compañía bananera, las tragedias políticas y familiares, y una decadencia que parece inevitable. Compuesta por 7 capitulos de una hora promedio y un último episodio de una hora cuarenta de duracion que termina de darle sentido a todo el viaje.

Dirigido por Laura Mora, el Gran Final tiene una escala cinematográfica evidente. No se siente como un episodio más de una serie, sino como una película que toma todos los hilos que quedaron dispersos durante décadas de historia familiar y los conduce hacia un único destino. La propia directora (que estuvo en la presentacion del final en la proyeccion de prensa en la Sala Lugones del Teatro San Martin) explicó que la decisión de llevar este cierre a una dimensión casi de largometraje surgió durante la escritura y la preproducción, buscando que el desenlace estuviera a la altura de la ambición de la novela.

Aureliano Babilonia ocupa entonces el centro de una historia que siempre estuvo destinada a repetirse. Encerrado entre los secretos de la familia y los manuscritos de Melquíades, se convierte en la pieza fundamental para comprender aquello que durante generaciones parecía imposible de descifrar. La aparición de José Arcadio y el regreso de Amaranta Úrsula vuelven a poner en movimiento los mecanismos de una familia atrapada en sus propios errores, sus deseos y sus soledades.

El gran mérito del capítulo final es que no busca simplemente sorprender con el desenlace. Lo que hace es cerrar una profecía que estuvo presente desde el comienzo. Todo lo que vimos antes adquiere otra dimensión cuando las piezas finalmente encajan.

Sebastián Osorio como Aureliano Babilonia sostiene buena parte de ese tramo final con una interpretación contenida, mientras Estefanía Piñeres aporta intensidad y sensibilidad como Amaranta Úrsula. Emmanuel Restrepo compone a José Arcadio “el papa” y Margarita Rosa de Francisco aparece como una Fernanda del Carpio madura, cargada de años, silencios y heridas.

Pero si hay algo que atraviesa toda la serie y alcanza su máxima expresión en estos últimos episodios es la construcción de Macondo. La producción fue filmada íntegramente en Colombia, con el respaldo de la familia de García Márquez, y ese origen se percibe en cada paisaje, en cada espacio, en los vestuarios, en la fotografía y en una dirección de arte que consigue convertir un territorio literario en un lugar que parece haber existido siempre.

Macondo desaparece, pero antes de hacerlo deja una última revelación. Aureliano Babilonia comprende aquello que Melquíades había escrito mucho antes y la profecía termina de cumplirse. No hay una segunda oportunidad para los Buendía. No porque el destino sea necesariamente cruel, sino porque durante cien años ninguno de ellos consiguió escapar verdaderamente de la soledad.

La adaptación no pretende reemplazar al libro. Esa sería una batalla perdida. Lo que consigue es algo mucho más interesante: construir su propio Macondo y permitir que una nueva generación de espectadores conozca visualmente un universo que durante décadas vivió en la imaginación de millones de lectores.

Quizás el verdadero logro de esta adaptación no sea haber conseguido filmar lo imposible. Sea haber entendido que, para contar la historia de los Buendía, no alcanzaba con mostrar cien años de historia: había que hacer sentir el peso de la memoria, de los errores heredados y de esa soledad que atraviesa a cada generación.

Si la viste contame que te parecio

MISERY

“Misery” consigue algo que no es sencillo en teatro: mantener al espectador en estado de alerta. Sabemos que Paul Sheldon está atrapado, sabemos que Annie Wilkes es peligrosa, pero aun así cada escena genera la pregunta inevitable: ¿hasta dónde será capaz de llegar ella y cómo hará él para sobrevivir?

La adaptación argentina la hacen Daniel Botti y Manuel González Gil( quien también dirige esta versión) protagonizada por Julia Calvo y Juan Gil Navarro. La historia es conocida: Paul Sheldon, un escritor que acaba de sufrir un terrible accidente automovilístico, es rescatado por Annie Wilkes, una enfermera que se presenta como su admiradora número uno. Lo que parece un acto de salvación rápidamente se transforma en una situación de encierro, manipulación y terror.

Y ahí está el verdadero corazón de la obra: la obsesión. Annie no es simplemente una fan apasionada. Su admiración se transforma progresivamente en una necesidad de controlar al escritor, su obra y hasta su destino. Y ese cambio es uno de los elementos que Julia Calvo desarrolla con enorme potencia.

Calvo compone una Annie perturbadora, imprevisible, capaz de pasar de la dulzura a la violencia en cuestión de segundos. Hay algo casi desconcertante en su personaje porque nunca sabemos exactamente qué puede hacer a continuación. Y esa incertidumbre es fundamental para que el suspenso funcione.

Juan Gil Navarro, por su parte, tiene el enorme desafío de interpretar a un hombre prácticamente inmovilizado durante buena parte de la historia. Y lo resuelve poniendo el cuerpo de una manera notable: el dolor, el miedo, la desesperación y las estrategias que Paul va desarrollando para sobrevivir aparecen en cada gesto. Su personaje pasa de sentirse agradecido por haber sido rescatado a comprender que está atrapado y que su vida depende de su capacidad para enfrentarse psicológicamente con su captora.

Entre los dos se produce un verdadero duelo actoral. Y cuanto más avanza la historia, más se modifica la relación de poder entre ambos. Uno intenta recuperar su libertad; la otra está dispuesta a hacer prácticamente cualquier cosa para impedirlo.

La dirección de Manuel González Gil tiene el desafío de trasladar al teatro una historia que muchos conocemos por la película protagonizada por Kathy Bates y James Caan. Y lo interesante es que no intenta competir con el lenguaje cinematográfico: apuesta por los actores, por la tensión de la escena y por la imaginación del espectador. y lo logra y tiene un ingrediente mas…y no es un dato menor.

En ese sentido, la música de Martín Bianchedi resulta imprescindible. Es cierto que está utilizada con una intensidad importante y que por momentos suena muy fuerte, pero en esta puesta ese recurso termina jugando a favor del clima. La música subraya los momentos de mayor tensión, anticipa peligros y ayuda a construir esa sensación de que algo terrible está a punto de suceder. En una obra donde buena parte del suspenso depende de lo que el espectador imagina, ese acompañamiento sonoro tiene un peso enorme. La ficha de la puesta confirma a Bianchedi como responsable de la música y a Lula Rojo en la escenografía.

También hay que destacar cómo la obra logra generar situaciones de suspenso genuinas. El espectador conoce el peligro, pero no necesariamente sabe cuándo llegará ni cómo se desencadenará. Los silencios, los movimientos de Annie, las limitaciones físicas de Paul y esa convivencia forzada dentro de un espacio cerrado hacen que la tensión vaya creciendo escena tras escena.

Y quizás ese sea uno de los mayores atractivos de esta “Misery”: no necesita grandes despliegues para provocar incomodidad. Dos personajes, un espacio reducido y una relación de poder completamente desequilibrada alcanzan para generar una atmósfera opresiva.

“Misery” es,una obra para quienes disfrutan del suspenso, pero también para quienes quieren ver dos muy buenos actores enfrentados en un duelo psicológico que va creciendo en intensidad.

Y hay una buena noticia para quienes prefieren los horarios de la tarde: incorporaron una función los domingos a las 16.30, un horario excelente para disfrutar de teatro y todavía tener toda la tarde por delante. Actualmente las funciones son jueves, viernes y sábados a las 21.30 y domingos a las 16.30, en el Teatro Metropolitan, Av. Corrientes 1343, CABA. La duración es de aproximadamente 70 minutos.

POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA

A veces volver al pasado no significa quedarse atrapado en él, sino animarse a mirarlo nuevamente para entender quiénes somos. “Por el placer de volver a verla” parte justamente de ese ejercicio de memoria para construir una obra sensible, divertida y profundamente emotiva, sostenida por dos actores que encuentran una química extraordinaria sobre el escenario: Miguel Ángel Solá y Mercedes Funes.

La pieza del canadiense Michel Tremblay, adaptada y dirigida por Manuel González Gil, propone un viaje por los recuerdos de un escritor que vuelve a encontrarse con su madre, una mujer que fue determinante en su vida, en su formación y en el descubrimiento de su vocación. Pero detrás de ese vínculo madre-hijo aparecen temas mucho más universales: la infancia, la crianza, los mandatos, la lectura, el teatro, las heridas familiares y, por encima de todo, el amor.

Solá tiene un dominio de la escena que resulta fascinante (no soy para nada original…) Su personaje atraviesa distintos momentos de su vida y el actor consigue transitarlos con una enorme sutileza. Pero hay algo más que se disfruta especialmente: su complicidad con el público. Solá sabe cuándo mirar, cuándo dejar un silencio, cuándo compartir una reflexión y cuándo permitir que una frase encuentre su efecto en la platea. Hay una cercanía que hace que, por momentos, parezca estar contándonos la historia personalmente.

Y si Solá deslumbra desde esa experiencia y ese manejo del escenario, Mercedes Funes sorprende con una composición de enorme riqueza. Su madre es expansiva, verborrágica, intensa, desbordada, por momentos casi caricaturesca, pero nunca queda reducida a un estereotipo. Funes construye cada etapa del personaje con precisión y encuentra debajo de sus exageraciones una mujer llena de contradicciones, de amor, de frustraciones y de una necesidad enorme de ser escuchada.

Es un trabajo exquisito y muy elaborado, de esos que permiten descubrir diferentes capas a medida que avanza la función. Funes tiene además una enorme capacidad para pasar del humor a la emoción sin que el cambio resulte forzado. La dupla funciona porque los contrastes entre ambos son enormes, pero también porque debajo de esas diferencias existe un vínculo indestructible.

La dirección de González Gil acompaña ese juego con precisión. No sobrecarga la puesta y permite que el centro sean los actores y la palabra. La escenografía de Lula Rojo, la iluminación de Matías Sendón y especialmente la música de Martín Bianchedi construyen un clima que potencia los recuerdos y le otorga a la historia una dimensión poética.

La obra tiene además una interesante particularidad: es teatro dentro del teatro. Ese escritor que intenta reconstruir su historia familiar frente al público termina convirtiendo sus recuerdos en una representación. Y en ese juego entre realidad, memoria y ficción aparece una de las preguntas más interesantes de la obra: cuánto de lo que recordamos es realmente lo que ocurrió y cuánto construimos con el paso del tiempo.

“Por el placer de volver a verla” habla de una madre y un hijo, pero también habla de todos. De esas personas que nos marcaron para siempre, de las palabras que quedaron pendientes, de las cosas que entendemos demasiado tarde y de ese amor que puede sobrevivir incluso a las diferencias más profundas.

“Por el placer de volver a verla” se presenta en la Sala Picasso del Paseo La Plaza, Av. Corrientes 1660, con funciones viernes a las 20, sábados a las 19.30 y domingos a las 19.15. La duración es de 90 minutos.

Una obra para reír, recordar y emocionarse. Porque a veces volver a mirar aquello que nos construyó también puede ser, simplemente, un placer. Super recomendada

NIDO DE LAGARTO

Salí de “Nido de lagarto” con los ojos llenos de lágrimas. Y no me pasa seguido. Hacía mucho tiempo que una obra de teatro no conseguía conmoverme de esa manera, al punto de quedarme pensando en sus personajes y en todo aquello que todavía podemos sentir cuando creemos que algunas etapas de la vida ya quedaron atrás.

Escrita y dirigida por Franco Verdoia, “Nido de lagarto” es una historia de amor, pero también es una historia sobre el paso del tiempo, los deseos postergados, las decisiones que tomamos y aquellas que quizás hubiéramos querido tomar de otra manera. En el centro están La Gloria y el Vasco, dos amantes que llevan más de cinco décadas encontrándose a escondidas. Y ahí aparece una de las grandes virtudes de la obra: hablar del amor, del deseo y de la sexualidad en la adultez mayor con absoluta naturalidad, sin prejuicios ni golpes bajos.

Porque Gloria y el Vasco no son personajes definidos solamente por su edad. Se desean, se pelean, se ríen, se recuerdan, se reprochan y siguen imaginando. Hay algo profundamente vital en ellos. Y eso es lo que Verdoia consigue poner sobre el escenario: la idea de que el amor no tiene edad y que el deseo tampoco debería tenerla.

La obra forma parte de la trilogía “Teatro Animal” de Verdoia, junto con Late el corazón de un perro y Matar a un elefante. Su dramaturgia vuelve a detenerse en los vínculos humanos, en aquello que muchas veces permanece escondido detrás de lo cotidiano y que, cuando finalmente aparece, puede resultar conmovedor.

La puesta también merece una mención especial. Ese particular hotel alojamiento en decadencia, con una cama inclinada cubierta de pasto y diferentes elementos que van desapareciendo, se convierte en una metáfora del paso del tiempo. El espacio parece envejecer junto con sus protagonistas y funciona como una especie de territorio de la memoria, donde pasado y presente se mezclan.

Y después están Silvina Sabater y Horacio Acosta, dos actores que sostienen la obra con enorme sensibilidad. La química entre ambos es fundamental. No necesitan grandes gestos para transmitir todo lo que existe entre Gloria y el Vasco: una mirada, un silencio, una discusión, una cercanía física dicen muchísimo. Hay ternura, humor, sensualidad y también una profunda tristeza en ese vínculo.

Sabater construye una Gloria llena de matices, mientras Acosta le aporta al Vasco una humanidad que conmueve. Los dos logran que el espectador crea en esa historia y, sobre todo, que se involucre emocionalmente con ellos.

Pero lo que queda después de ver “Nido de lagarto” es algo mucho más grande que la historia de estos dos amantes. La obra nos obliga a pensar en nuestras propias elecciones. En los amores que tuvimos, en los que dejamos pasar y en esas personas que quizás quedaron guardadas en algún rincón de la memoria.

¿Cuántas veces pensamos que ya es tarde para algo? ¿Y quién decidió que el amor, el deseo o las ganas de empezar nuevamente tienen fecha de vencimiento?

“Nido de lagarto” se anima a hacer esas preguntas sin discursos y desde la intimidad de dos personajes que todavía tienen mucho para decirse y para vivir.

Por eso me conmovió tanto. Porque debajo de una historia de amantes hay una reflexión sobre la vida, el tiempo y las oportunidades. Y porque el teatro, cuando funciona de verdad, no solamente nos cuenta una historia: nos hace sentirla en el cuerpo.

“Nido de lagarto” se presenta en el Teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3378, CABA. Una propuesta para quienes buscan teatro de actores, una dramaturgia sensible y una historia que habla del amor en la adultez con una enorme humanidad.

Autor: Franco Verdoia. Dirección: Franco Verdoia. Intérpretes: Horacio Acosta, Silvina Sabater. Diseño de escenografía y vestuario: Cecilia Zuvialde. Diseño sonoro: Ian Shifres. Diseño de iluminación: Matías López Stordeur, Franco Verdoia. Teatro: El Extranjero (Valentín Gómez 3378). Funciones: lunes 20.30.Domingos 17hs  Duración: 65 minutos.

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OTELLO EN EL COLON

Otello, la monumental ópera de Giuseppe Verdi volvió al escenario del Teatro Colón en una producción que deslumbra desde lo visual y encuentra en sus intérpretes el complemento perfecto para una historia de pasión, celos, manipulación y tragedia.

Basada en la obra de William Shakespeare, con libreto de Arrigo Boito, Otello es una de esas piezas en las que música y drama son prácticamente inseparables. Y justamente ahí está uno de los grandes aciertos de esta versión: dejar que Verdi respire, que la música conduzca las emociones y que cada escena tenga el peso dramático que merece.

La puesta de Fabio Sparvoli es elegante, potente y profundamente teatral. No hay elementos que parezcan estar puestos porque sí: la escenografía(es imponente el primer acto), el vestuario, las luces y el movimiento de los personajes construyen un universo que acompaña la tragedia sin competir con ella. El resultado es una producción visualmente hermosa, de esas que por momentos hacen olvidar que estamos viendo una obra escrita hace casi 140 años.

Y si la puesta es uno de los grandes atractivos, las voces terminan de convertir la experiencia en algo verdaderamente extraordinario. Gregory Kunde , en el rol de Otello, entrega un protagonista de enorme intensidad, capaz de transitar la autoridad, el amor, la vulnerabilidad y finalmente la desesperación. Su presencia escénica está a la altura de la exigencia de un personaje que prácticamente no tiene descanso emocional.

María Agresta compone una Desdémona conmovedora, delicada pero nunca frágil, y encuentra en la belleza de su voz una herramienta ideal para expresar la inocencia y el sufrimiento del personaje. Su interpretación tiene una sensibilidad especial, especialmente en los momentos finales, cuando la tragedia ya parece inevitable.

Yago es, claro, el gran motor oscuro de la historia. Daniel Luis de Vicente construye un personaje inquietante, inteligente y manipulador, sin necesidad de sobreactuar su maldad. Hay algo todavía más perturbador en su interpretación: la tranquilidad con la que mueve los hilos de una tragedia que sabe que está provocando.

A todo esto se suma una Orquesta Estable del Teatro Colón que sostiene con solvencia una partitura extraordinaria, bajo la dirección musical de Alejo Pérez. Verdi aparece en toda su dimensión: dramático, sofisticado, intenso y capaz de pasar de la intimidad a la grandilocuencia en cuestión de segundos.

Porque Otello también habla de algo muy actual: cómo una mentira bien construida puede instalarse en la cabeza de alguien hasta destruirlo todo. Los celos, la inseguridad, la manipulación y el poder de la palabra siguen siendo reconocibles, aunque hayan pasado siglos desde Shakespeare y décadas desde que Verdi convirtió esa tragedia en música.

El Teatro Colón vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes escenarios del mundo. Esta nueva producción, realizada en coproducción con el Auditorio de Tenerife, tiene la dimensión artística que una obra como Otello necesita y, al mismo tiempo, consigue algo fundamental: emocionar.

Una puesta soberbia, grandes voces, una escenografía impactante, un vestuario exquisito y una música que atraviesa de principio a fin. Otello no es solamente una ópera para escuchar: es una experiencia para mirar, sentir y dejarse llevar. Y en el Colón, esta vez, todo está en su lugar.

Otello. Ópera en 4 actos de Giuseppe Verdi con libretto en italiano de Arrigo Boito, basado en La Tragedia de Otello, el moro de Venecia de Shakespeare. Coproducción con el Auditorio de Tenerife. Dirección musical: Alejo Pérez. Dirección del coro: Miguel Martínez. Dirección de escena: Fabio Sparvoli. Escenografía: Nicolás Boni. Vestuario: Tommaso Lagattolla. Diseño de video y animaciones: Nicolás Boni y Matías Otálora. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Orquesta Estable y Coro Estable del Teatro Colón. Coreografías: Vagram Ambartsoumian. Reparto: Otello: Gregory Kunde, Desdémona: Maria Agresta, Iago: Daniel Luis de Vicente, Cassio: Diego Bento, Emilia: Alejandra Malvino, Lodovico: Insung Sim, Roderigo: Fermín Prieto, Montano: Mario De Salvo, Un heraldo: Gabriel Vacas. 

MARGARITA XIRGU. UNA MUJER ENTRE DOS CONTINENTES

Después de varios años, Blanca Oteyza vuelve a nuestro país para ponerse en la piel de una figura inmensa de la escena: Margarita Xirgu, la actriz catalana que hizo historia, fue musa de Federico García Lorca y convirtió al teatro en una forma de vida.

Bajo la dirección de Javier Demaria, la obra propone un recorrido íntimo por la vida de Xirgu, su vínculo con el teatro, su exilio y la huella que dejó a ambos lados del Atlántico. La dramaturgia pertenece a Javier Demaria y Blanca Oteyza, a partir de una idea original de la propia actriz.

Y hay algo especialmente atractivo en esta elección: Oteyza no solamente interpreta a una mujer que dedicó su existencia al escenario, sino que también regresa a un país que fue fundamental en su propia trayectoria. Aquí protagonizó teatro, cine y televisión, y fue parte de uno de esos fenómenos teatrales difíciles de repetir: “El diario de Adán y Eva”, espectáculo que permaneció más de diez años en cartel y cosechó numerosos premios.

La puesta apuesta por la intimidad antes que por el despliegue. Oteyza está acompañada en escena por un bandoneonista, Julio Covello, un recurso que suma una fuerte identidad rioplatense y construye una atmósfera evocadora para acompañar el relato de una mujer atravesada por el arte, los viajes, el exilio y la memoria.

Lo más valioso del espectáculo es justamente esa posibilidad de encontrarnos con una historia enorme desde un lugar cercano. No se trata solamente de repasar la biografía de Margarita Xirgu: la obra recupera el espíritu de una actriz que entendió el escenario como territorio de libertad y resistencia. Y en la interpretación de Oteyza aparece, inevitablemente, un diálogo entre dos artistas separadas por generaciones pero unidas por una misma pasión.

Blanca conoce muy bien ese territorio. Actriz, directora, productora y docente, lleva más de tres décadas vinculada a los escenarios nacionales e internacionales y continúa desarrollando además una importante tarea de formación actoral en España.

El espectáculo tiene además una particularidad que lo vuelve todavía más especial: el regreso de Blanca Oteyza funciona como un puente entre España y Argentina. Dos actrices españolas, dos épocas y dos continentes que vuelven a encontrarse a través del teatro.

“Margarita Xirgu. Una actriz entre dos continentes” se presenta en la Sala Argentina del Palacio Libertad, Sarmiento 151, con funciones el viernes 14 y sábado 15 de agosto a las 20, y dos últimas funciones el domingo 16 y lunes 17 a las 19.

Pero la historia no termina en Buenos Aires. El espectáculo continúa su recorrido por Mar del Plata: el sábado 22 de agosto a las 20.30 llegará a la Sala Astor Piazzolla del Teatro Auditorium.

Hay algo conmovedor en ver a una actriz regresar al lugar donde construyó parte de su historia para contar la historia de otra actriz que también tuvo que atravesar fronteras, pérdidas y exilios. En ese cruce entre Margarita Xirgu y Blanca Oteyza, entre España y Argentina, el teatro vuelve a demostrar que algunas historias no necesitan grandes artificios: alcanza con una actriz, una vida extraordinaria y un escenario para que la memoria vuelva a cobrar vida.

Una propuesta sensible, elegante y profundamente teatral, especialmente recomendable para quienes disfrutan de las historias de grandes mujeres de la escena y de esos espectáculos que, cuando terminan, siguen resonando un rato más.

MORIA

Hay vidas que piden una biografía. La de Moria Casán pide una puesta en escena con brillos y sombras tambien . Y Netflix entendió que contar la historia de “La One” de manera convencional hubiera sido, probablemente, el peor error. Este viernes 14 de agosto llega a la plataforma “Moria”, la serie dirigida por Javier Van de Couter que recorre la vida de una de las figuras más inclasificables, provocadoras y populares del espectáculo argentino. Y la apuesta es tan particular como su protagonista: tres grandes actrices interpretan a Moria en diferentes etapas de su vida: Sofía Gala Castiglione, Griselda Siciliani y Cecilia Roth.

Uno de los grandes atractivos de la serie es, sin dudas, Sofía Gala interpretando a su propia madre.

La elección podría haber quedado simplemente en una cuestión de parecido físico o en el juego mediático de “la hija interpreta a la madre”. Pero Sofía Gala va mucho más allá. Construye una Moria joven con carácter, sensualidad, ambición y una enorme necesidad de encontrar su lugar. Hay algo particularmente interesante en su interpretación: no intenta copiar a Moria, intenta comprenderla.

Y eso se percibe. En los gestos, en la mirada, en la manera de moverse y, especialmente, en la energía que transmite. La actriz consigue encontrar a la mujer detrás del personaje que todos conocemos.

Griselda Siciliani toma la posta para otra etapa de la vida de la protagonista y también está muy bien. Su Moria ya es una figura consolidada, una mujer que entiende el poder de la exposición y que empieza a convertir su propia personalidad en una marca.

Siciliani captura muy bien esa mezcla de seguridad, ironía y provocación que convirtió a Moria en un fenómeno popular.

Y Cecilia Roth completa el trío con una interpretación sólida, aportando otra mirada y otra edad a la protagonista. La decisión de utilizar tres actrices no es solamente un recurso narrativo: permite mostrar cómo Moria fue cambiando sin dejar de ser reconocible.

La serie recorre los comienzos de Moria, su llegada al mundo de la revista, el cine, la televisión, sus grandes momentos de popularidad y también algunos de los episodios más difíciles de su vida personal

Pero “Moria” no pretende ser una cronología prolija de acontecimientos. Es una serie sobre la construcción de un personaje. Porque Moria Casán no solamente tuvo una carrera: construyó un personaje público que terminó siendo inseparable de la mujer.

La ficción juega con la memoria, la fantasía, el humor y la teatralidad. Por momentos se vuelve delirante, exagerada y hasta surrealista. Y justamente ahí encuentra su identidad.

Más allá de sus tres protagonistas, el elenco funciona muy bien y logra recrear distintas épocas del espectáculo argentino. mARCO ANTONIO CAPONI COMO CASTIGLIONE,MICA RIERA COMO SUSANA, OLIVIA NUSS COMO SOFIA GALA,HERNAN JIMENEZ COMO PORCEL O LA DESOPILANTE LETICIA BREDICE COMO SU DE LOS 90

La serie tiene además un enorme atractivo para quienes crecieron viendo televisión, teatro de revista y cine nacional, porque aparecen referencias a un mundo del espectáculo que ya no existe de la misma manera.

Y hay algo fascinante en volver a mirar esa historia desde el presente. Más allá de los escándalos, las frases célebres y los titulares, la serie permite entender por qué Moria consiguió mantenerse vigente durante décadas.

Fue vedette, actriz, conductora, jurado, figura mediática y personaje de sí misma. Cambió de época sin perder protagonismo y convirtió la provocación en una herramienta de identidad.

“Moria” también habla de eso: de una mujer que entendió que en el mundo del espectáculo sobrevivir no alcanza. Hay que saber transformarse.

Netflix no intentó domesticar a Moria. Y eso es, probablemente, lo mejor que podía hacer.Porque para contar a una mujer que hizo de la provocación un arte, la serie tenía que animarse a ser un poco provocadora también. Aplausos

YO, NARCISO

Hay parejas de ficción que funcionan porque tienen buenos guiones, otras porque sus protagonistas son grandes actores y algunas porque, simplemente, tienen química. Adrián Suar y Natalia Oreiro pertenecen a esa última categoría. Y Yo, Narciso lo confirma.

A más de una década de Solamente vos, aquella ficción que los convirtió en una de las duplas más queridas de la televisión argentina, Suar y Oreiro vuelven a encontrarse, esta vez en la pantalla grande y con una comedia que juega con el amor, el ego, las apariencias y esa necesidad cada vez más instalada de ser vistos y admirados.

La película, dirigida por el propio Suar y escrita junto a Pablo Solarz, presenta a Rocío Flores (Natalia Oreiro), una profesora universitaria de Sociología que está escribiendo un libro sobre el narcisismo moderno. Para estudiar el fenómeno desde adentro decide elegir a un hombre que parece ser el caso perfecto: Máximo Rey (Adrián Suar), un exitoso y carismático cirujano estético que está absolutamente convencido de sus virtudes.

Rocío se presenta bajo una identidad falsa como una paciente interesada en realizarse un retoque estético. El objetivo es observarlo, estudiarlo y comprobar sus teorías. Y ahí aparece el gran motor de la película: el juego entre ellos.

Suar vuelve a explotar ese personaje que tan bien conoce: el hombre seductor, canchero, seguro de sí mismo, con una enorme confianza en sus encantos. Pero Máximo tiene una vuelta de tuerca: su ego no es solamente una característica de personalidad, sino prácticamente una forma de vida.

Oreiro, en cambio, encuentra en Rocío un personaje ideal para desplegar su costado más irónico y descontracturado. Su mirada, sus silencios y la manera en que intenta analizar racionalmente a un hombre que empieza a desordenarle todas las teorías generan algunos de los momentos más divertidos de la película.

La química entre Suar y Oreiro es, sin dudas, uno de los grandes aciertos. No necesitan forzar el vínculo ni explicar demasiado para que el espectador entienda que entre ellos existe una conexión. Hay complicidad, timing y una naturalidad que lo unico que hay que hacer es disfrutarlo.

El resto del elenco acompaña muy bien y le aporta diferentes tonos a la historia. Julieta Zylberberg, Sofía Morandi, Mariano Saborido, Andy Chango, Eleonora Wexler y Camila Peralta completan un reparto que entiende el código de comedia y consigue que la película no dependa exclusivamente de sus protagonistas.

Y hay una presencia que provoca un highlight en la pelicula : Moria Casán, en una participación especial como la madre del personaje de Suar. Su incorporación resulta particularmente apropiada para una película que se mete con el ego, la imagen y la necesidad de llamar la atención.

Yo, Narciso utiliza la comedia para hablar justamente de eso. De cuánto nos miramos a nosotros mismos y de cuánto dejamos de mirar al otro.

Como director, Suar vuelve a transitar un territorio que conoce muy bien: la comedia popular con personajes reconocibles, conflictos sentimentales y una cuota de emoción. Después de «30 noches con mi ex» y «Mazel Tov», suma una nueva película a un recorrido detrás de cámara que apuesta claramente por historias capaces de conectar con el público.

Humor, romance, enredos y una mirada sobre los vínculos actuales, esta combinacion funciona en YO NARCISO

Podrán pasar los años, cambiar los personajes y mudarse de la televisión al cine, pero cuando aparecen Adrian y Natalia juntos en pantalla, esa química, sigue estando.

Elenco:Julieta Zylberberg, Eleonora Wexler, Sofi Morandi, Camila Peralta, Mariano Saborido,Andy Chango
Participación especial:Moria Casan

Dirección: Adrián Suar
Guion: Pablo Solarz y Adrián Suar
Productores: Adrián Suar, Pablo E. Bossi, Cabe Bossi y Pol Bossi
Productores ejecutivos: Diego Andrasnik, Juan Lovece y Maximiliano Lasansky
Director de fotografía: Guillermo Nieto
Director de arte: Mariana Sourrouille
Edición: Florencia Efron y Gonzalo Arias
Música: Nico Sorín
Dirección de producción: Florencia Clérico
Asistente de dirección: Luis Bernárdez
Vestuario: Lili Piekar
Dirección de sonido: Guido Berenblum
Casting: Iair Said
Maquillaje y pelo: Karina Camporino