La nueva versión de Hairspray llegó al Teatro Coliseo como una verdadera explosión de música, color y talento, con una puesta de nivel internacional que confirma el gran momento que atraviesa el teatro musical argentino.
Basada en la película de John Waters y en el musical que conquistó Broadway, la historia nos traslada al Baltimore de los años 60 para acompañar a Tracy Turnblad, una adolescente soñadora, carismática y alejada de los estereotipos de belleza impuestos por la televisión de la época. Lo que comienza como la búsqueda de un lugar en un famoso programa televisivo termina transformándose en una lucha contra la discriminación racial, los prejuicios sociales y los mandatos estéticos. Y allí radica la enorme vigencia de Hairspray: detrás de su apariencia festiva, late un mensaje profundamente humano sobre la inclusión y la igualdad.
Desde el primer número musical queda claro que la obra juega en las grandes ligas. La energía nunca baja. Todo se mueve a una velocidad vertiginosa, como una topadora de canciones, coreografías y emociones que arrastra al espectador durante más de dos horas sin darle respiro. Pero el gran mérito es que jamás pierde alma ni sensibilidad en medio del despliegue.
Uno de los pilares fundamentales del éxito es su elenco. Belén Bilbao se adueña de Tracy con una mezcla perfecta de frescura, simpatía y potencia vocal. Tiene luz propia. Cada vez que aparece en escena genera empatía inmediata y sostiene con enorme solvencia un personaje que exige cantar, bailar, actuar y emocionar al mismo tiempo. Su interpretación confirma que estamos ante una de las grandes figuras emergentes del género.
La sorpresa más comentada de la temporada es, sin dudas, Damián Betular. Lejos de limitarse al efecto mediático de su presencia, construye una Edna Turnblad entrañable, divertida y llena de ternura. Su trabajo tiene verdad, humor y una conexión genuina con el público. Cada aparición provoca carcajadas y aplausos espontáneos, demostrando que su desembarco en el teatro musical fue mucho más que una apuesta curiosa.
Alejandra Radano vuelve a demostrar por qué es una de las grandes damas del musical argentino. Su Velma Von Tussle destila elegancia, maldad y precisión escénica. Cada intervención está cargada de oficio. A su lado, Sofi Morandi aporta frescura, soltura y presencia, mientras que Leo Bosio suma calidez y carisma en cada escena.
Pero entre tantas figuras aparecen dos nombres que merecen ser destacados especialmente. Ian Ferreira surge como una de las revelaciones más impactantes del espectáculo. Tiene magnetismo, talento y una seguridad escénica impropia de alguien que recién empieza a ocupar lugares más visibles dentro del género. Cada una de sus intervenciones deja con ganas de verlo más tiempo sobre el escenario.
Y si hay una joyita escondida dentro de esta enorme maquinaria teatral, esa es Paula Chouhy. Su composición de Penny está llena de gracia, ternura y personalidad. Tiene momentos desopilantes, una gran capacidad para la comedia y una voz que sorprende. De esas artistas que quizás algunos descubren aquí, pero que claramente tienen todo para convertirse en nombres cada vez más importantes dentro del teatro musical.
Otro punto altísimo es el ensamble. No existe un solo integrante que quede relegado. Todos construyen un espectáculo coral de enorme nivel, donde las coreografías lucen impecables y la energía colectiva se convierte en uno de los motores principales de la obra. Hay una sensación permanente de celebración sobre el escenario.
Visualmente, Hairspray es un banquete. El vestuario resulta sencillamente espectacular. Los colores vibrantes, los diseños sesentosos, las pelucas, los cambios constantes y el nivel de detalle ayudan a crear un universo tan exagerado como encantador. Cada personaje parece salido de una postal pop de los años 60. La propuesta estética no acompaña la historia: la potencia.
El trabajo del equipo creativo merece un aplauso aparte. La dirección de Fernando Dente logra encontrar equilibrio entre el humor, la emoción y el mensaje social. Las coreografías de Vanesa García Millán son explosivas y dinámicas; la dirección musical de Damián Mahler aporta potencia y brillo a cada canción; y la adaptación consigue acercar la historia al público actual sin perder su esencia original. Todo funciona como una maquinaria perfectamente sincronizada.
Lo más admirable es que Hairspray nunca utiliza sus temas sociales como un discurso forzado. Habla de racismo, discriminación, aceptación corporal y diversidad desde la alegría, el humor y la emoción. Lo hace bailando. Lo hace cantando. Lo hace celebrando las diferencias. Y quizás por eso su mensaje llega todavía más fuerte.
En tiempos donde muchas producciones apuestan únicamente al impacto visual, Hairspray demuestra que se puede ofrecer entretenimiento de primer nivel sin renunciar al contenido. Es una fiesta teatral desbordante de talento, corazón y compromiso. Un musical que hace bailar al público, pero también lo invita a mirar un poco más allá del escenario.
Y cuando las luces se apagan, queda una sensación difícil de lograr: la de haber visto un espectáculo enorme, divertido y emocionante, pero también necesario. Porque detrás del glitter, las pelucas y las canciones pegadizas, Hairspray sigue recordando algo fundamental: nadie debería quedarse afuera por ser diferente.
Que alta dejas la vara HAIRSPRAY en un año donde definitivamente el MUSICAL esta en boca de todos, 2026 se consagra en el teatro como el año de los musicales Y SE CELEBRA! ENHORABUENA!
