Más de setenta años después de su estreno, La Ratonera demuestra que un buen policial no necesita efectos deslumbrantes ni grandes artificios para mantener al público atento. Necesita una buena historia, personajes que despierten sospechas y, sobre todo, un misterio capaz de hacernos cambiar de culpable varias veces a lo largo de la función.
Vi esta nueva versión en el Teatro Liceo y me encontré con una buena obra de teatro, de esas que invitan al espectador a jugar desde la platea tratando de descubrir quién miente, quién oculta algo y, por supuesto, quién es el asesino.
El clásico de Agatha Christie se estrenó en Londres en 1952 y se convirtió en un verdadero fenómeno: lleva más de siete décadas representándose en el West End y es considerada la obra de mayor permanencia en cartel de la historia. Al finalizar cada función se mantiene una tradición que forma parte de su leyenda: pedirle al público que no revele la identidad del culpable.
Y existe otro dato fascinante que me encanto y que contribuyó a preservar el misterio durante tantos años. Los derechos cinematográficos fueron vendidos en 1956, pero el contrato estableció que una película oficial recién podría realizarse seis meses después de que finalizara la temporada londinense. Como La Ratonera continúa en cartel, esa película NUNCA LLEGO.
Todo comienza en el hostal Monkswell, recientemente inaugurado por un joven matrimonio. Una fuerte nevada deja aislados a sus dueños y a un particular grupo de huéspedes que prácticamente no se conocen entre sí.
Mientras intentan acomodarse y convivir, llega la noticia de un asesinato ocurrido en Londres. Lo que en principio parece algo lejano comienza a acercarse peligrosamente cuando aparece un sargento de policía con una advertencia: el crimen podría estar relacionado con alguna de las personas que se encuentran dentro del hostal.
A partir de ese momento comienza el verdadero juego de Agatha Christie.
Todos parecen esconder algo. Cada gesto puede resultar sospechoso, aparecen contradicciones, secretos del pasado y falsas pistas. Cuando finalmente el crimen entra en la casa, cualquiera puede ser el asesino y cualquiera puede convertirse en la próxima víctima.
La dirección y versión de Manuel González Gil consigue darle agilidad a un texto escrito hace tantas décadas. El suspenso convive con momentos de humor y la historia avanza haciendo que el espectador participe mentalmente del juego. La escenografía de Lula Rojo es otro de los puntos fuertes: ese hostal rodeado por la nieve se transforma rápidamente en un espacio cerrado y asfixiante del que nadie puede escapar.
También funciona muy bien el elenco integrado por Carlos Belloso, Ludovico Di Santo, Romina Gaetani, Andrés Gil, Walter Quiroz, Carlos Santamaría y Malena Solda, con la participación especial de Betiana Blum.
Betiana Blum es uno de los grandes placeres de esta puesta. Con oficio, timing y esa capacidad que tiene para encontrar el humor incluso en un personaje incómodo, construye una señora crítica, entrometida y bastante insoportable que inmediatamente llama la atención cada vez que aparece en escena. No necesita exagerar para hacerse notar: su presencia alcanza.
Romina Gaetani también se destaca como una de las anfitrionas de Monkswell. Su personaje atraviesa diferentes estados a medida que la tranquilidad inicial se transforma en miedo y desconfianza, y Gaetani logra transmitir muy bien esa transformación.
Otro punto alto es Walter Quiroz, encargado de interpretar al sargento que llega para investigar el caso. Tiene sobre sus hombros buena parte del mecanismo policial de la obra: pregunta, observa, sospecha y obliga a cada personaje a mostrar un poco más de aquello que preferiría mantener escondido.
El resto del elenco acompaña con personajes muy diferentes entre sí y necesarios para alimentar permanentemente las sospechas. Belloso aporta su particular impronta; Malena Solda construye uno de los personajes más enigmáticos; y Ludovico Di Santo, Andrés Gil y Carlos Santamaría completan un grupo muy parejo que permite que el juego funcione.
Tal vez ahí esté una de las razones por las que La Ratonera sobrevivió durante más de siete décadas. La propuesta es sencilla pero tremendamente efectiva: encerrarnos durante un rato junto a un grupo de desconocidos y hacernos desconfiar de todos.
Y aunque hoy vivimos rodeados de series policiales, thrillers y crímenes que se resuelven en las plataformas, este clásico conserva algo especial: el misterio sucede delante nuestro y somos nosotros quienes intentamos resolverlo desde la butaca.
¿Descubrí quién era el culpable antes del final? Eso también forma parte del secreto.
Porque hay una regla que después de más de setenta años sigue vigente: quien entra a La Ratonera puede sospechar de todos, puede intentar resolver el crimen y puede sorprenderse con el desenlace. Lo único que no puede hacer al salir del teatro es contar quién lo hizo.
LA RATONERA
Teatro Liceo – Av. Rivadavia 1499, CABA.
Funciones: miércoles, jueves y viernes a las 20; sábados a las 19 y 21.30; domingos a las 19.
Duración aproximada: 100 minutos.
Dirección y versión: Manuel González Gil.
Música original: Martín Bianchedi.
Elenco: Carlos Belloso, Ludovico Di Santo, Romina Gaetani, Andrés Gil, Walter Quiroz, Carlos Santamaría y Malena Solda. Participación especial: Betiana Blum.
Producción: Faroni Producciones, Juan Manuel Caballé y Tomás Rottemberg.
