Salí de “Nido de lagarto” con los ojos llenos de lágrimas. Y no me pasa seguido. Hacía mucho tiempo que una obra de teatro no conseguía conmoverme de esa manera, al punto de quedarme pensando en sus personajes y en todo aquello que todavía podemos sentir cuando creemos que algunas etapas de la vida ya quedaron atrás.
Escrita y dirigida por Franco Verdoia, “Nido de lagarto” es una historia de amor, pero también es una historia sobre el paso del tiempo, los deseos postergados, las decisiones que tomamos y aquellas que quizás hubiéramos querido tomar de otra manera. En el centro están La Gloria y el Vasco, dos amantes que llevan más de cinco décadas encontrándose a escondidas. Y ahí aparece una de las grandes virtudes de la obra: hablar del amor, del deseo y de la sexualidad en la adultez mayor con absoluta naturalidad, sin prejuicios ni golpes bajos.
Porque Gloria y el Vasco no son personajes definidos solamente por su edad. Se desean, se pelean, se ríen, se recuerdan, se reprochan y siguen imaginando. Hay algo profundamente vital en ellos. Y eso es lo que Verdoia consigue poner sobre el escenario: la idea de que el amor no tiene edad y que el deseo tampoco debería tenerla.
La obra forma parte de la trilogía “Teatro Animal” de Verdoia, junto con Late el corazón de un perro y Matar a un elefante. Su dramaturgia vuelve a detenerse en los vínculos humanos, en aquello que muchas veces permanece escondido detrás de lo cotidiano y que, cuando finalmente aparece, puede resultar conmovedor.
La puesta también merece una mención especial. Ese particular hotel alojamiento en decadencia, con una cama inclinada cubierta de pasto y diferentes elementos que van desapareciendo, se convierte en una metáfora del paso del tiempo. El espacio parece envejecer junto con sus protagonistas y funciona como una especie de territorio de la memoria, donde pasado y presente se mezclan.
Y después están Silvina Sabater y Horacio Acosta, dos actores que sostienen la obra con enorme sensibilidad. La química entre ambos es fundamental. No necesitan grandes gestos para transmitir todo lo que existe entre Gloria y el Vasco: una mirada, un silencio, una discusión, una cercanía física dicen muchísimo. Hay ternura, humor, sensualidad y también una profunda tristeza en ese vínculo.
Sabater construye una Gloria llena de matices, mientras Acosta le aporta al Vasco una humanidad que conmueve. Los dos logran que el espectador crea en esa historia y, sobre todo, que se involucre emocionalmente con ellos.
Pero lo que queda después de ver “Nido de lagarto” es algo mucho más grande que la historia de estos dos amantes. La obra nos obliga a pensar en nuestras propias elecciones. En los amores que tuvimos, en los que dejamos pasar y en esas personas que quizás quedaron guardadas en algún rincón de la memoria.
¿Cuántas veces pensamos que ya es tarde para algo? ¿Y quién decidió que el amor, el deseo o las ganas de empezar nuevamente tienen fecha de vencimiento?
“Nido de lagarto” se anima a hacer esas preguntas sin discursos y desde la intimidad de dos personajes que todavía tienen mucho para decirse y para vivir.
Por eso me conmovió tanto. Porque debajo de una historia de amantes hay una reflexión sobre la vida, el tiempo y las oportunidades. Y porque el teatro, cuando funciona de verdad, no solamente nos cuenta una historia: nos hace sentirla en el cuerpo.
“Nido de lagarto” se presenta en el Teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3378, CABA. Una propuesta para quienes buscan teatro de actores, una dramaturgia sensible y una historia que habla del amor en la adultez con una enorme humanidad.
Autor: Franco Verdoia. Dirección: Franco Verdoia. Intérpretes: Horacio Acosta, Silvina Sabater. Diseño de escenografía y vestuario: Cecilia Zuvialde. Diseño sonoro: Ian Shifres. Diseño de iluminación: Matías López Stordeur, Franco Verdoia. Teatro: El Extranjero (Valentín Gómez 3378). Funciones: lunes 20.30.Domingos 17hs Duración: 65 minutos.

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