POR EL PLACER DE VOLVER A VERLA

A veces volver al pasado no significa quedarse atrapado en él, sino animarse a mirarlo nuevamente para entender quiénes somos. “Por el placer de volver a verla” parte justamente de ese ejercicio de memoria para construir una obra sensible, divertida y profundamente emotiva, sostenida por dos actores que encuentran una química extraordinaria sobre el escenario: Miguel Ángel Solá y Mercedes Funes.

La pieza del canadiense Michel Tremblay, adaptada y dirigida por Manuel González Gil, propone un viaje por los recuerdos de un escritor que vuelve a encontrarse con su madre, una mujer que fue determinante en su vida, en su formación y en el descubrimiento de su vocación. Pero detrás de ese vínculo madre-hijo aparecen temas mucho más universales: la infancia, la crianza, los mandatos, la lectura, el teatro, las heridas familiares y, por encima de todo, el amor.

Solá tiene un dominio de la escena que resulta fascinante (no soy para nada original…) Su personaje atraviesa distintos momentos de su vida y el actor consigue transitarlos con una enorme sutileza. Pero hay algo más que se disfruta especialmente: su complicidad con el público. Solá sabe cuándo mirar, cuándo dejar un silencio, cuándo compartir una reflexión y cuándo permitir que una frase encuentre su efecto en la platea. Hay una cercanía que hace que, por momentos, parezca estar contándonos la historia personalmente.

Y si Solá deslumbra desde esa experiencia y ese manejo del escenario, Mercedes Funes sorprende con una composición de enorme riqueza. Su madre es expansiva, verborrágica, intensa, desbordada, por momentos casi caricaturesca, pero nunca queda reducida a un estereotipo. Funes construye cada etapa del personaje con precisión y encuentra debajo de sus exageraciones una mujer llena de contradicciones, de amor, de frustraciones y de una necesidad enorme de ser escuchada.

Es un trabajo exquisito y muy elaborado, de esos que permiten descubrir diferentes capas a medida que avanza la función. Funes tiene además una enorme capacidad para pasar del humor a la emoción sin que el cambio resulte forzado. La dupla funciona porque los contrastes entre ambos son enormes, pero también porque debajo de esas diferencias existe un vínculo indestructible.

La dirección de González Gil acompaña ese juego con precisión. No sobrecarga la puesta y permite que el centro sean los actores y la palabra. La escenografía de Lula Rojo, la iluminación de Matías Sendón y especialmente la música de Martín Bianchedi construyen un clima que potencia los recuerdos y le otorga a la historia una dimensión poética.

La obra tiene además una interesante particularidad: es teatro dentro del teatro. Ese escritor que intenta reconstruir su historia familiar frente al público termina convirtiendo sus recuerdos en una representación. Y en ese juego entre realidad, memoria y ficción aparece una de las preguntas más interesantes de la obra: cuánto de lo que recordamos es realmente lo que ocurrió y cuánto construimos con el paso del tiempo.

“Por el placer de volver a verla” habla de una madre y un hijo, pero también habla de todos. De esas personas que nos marcaron para siempre, de las palabras que quedaron pendientes, de las cosas que entendemos demasiado tarde y de ese amor que puede sobrevivir incluso a las diferencias más profundas.

“Por el placer de volver a verla” se presenta en la Sala Picasso del Paseo La Plaza, Av. Corrientes 1660, con funciones viernes a las 20, sábados a las 19.30 y domingos a las 19.15. La duración es de 90 minutos.

Una obra para reír, recordar y emocionarse. Porque a veces volver a mirar aquello que nos construyó también puede ser, simplemente, un placer. Super recomendada

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